La Acacia negra, un árbol invasor, cada vez más adentro de los campos.

Un estudio de la FAUBA demostró que la capacidad invasora de esta leñosa en la Argentina está dada por dos estrategias complementarias: adaptación genética para germinar en distintas condiciones y capacidad de ajustarse y crecer ante cambios ambientales. Es un grave problema ecológico y productivo.

Por: Pablo A. RosetSobre La Tierra (SLT-FAUBA)

La Acacia negra, o Gleditsia triacanthos, es una especie arbórea introducida a nuestro país a principios del siglo XIX. En su lugar de origen, los Estados Unidos, convive con otros árboles en los bosques, pero en la Argentina se convirtió en una especie invasora muy agresiva en diferentes ecosistemas desde Buenos Aires hasta Tucumán y desde Córdoba a la Mesopotamia. Hoy, es una pesadilla para los productores, ya que avanza rápidamente sobre tierras productivas y los costos de erradicarla son muy elevados.

En un intento por establecer las características que hacen de esta especie una invasora tan exitosa, investigadores de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA) publicaron un trabajo en la revista Annals Of Botany. Allí concluyeron que G. triacanthos muestra indicios de haberse adaptado a distintas condiciones ambientales de nuestro país, lo que le permite germinar bajo ambientes muy diversos. Además, una vez establecido, este árbol responde creciendo más y a una velocidad mayor en lugares disturbados.

“En nuestro país, la Acacia negra ocupa una extensión similar a la de EE.UU., incluyendo ecosistemas que van desde los pastizales pampeanos hasta los montes semiáridos cordobeses o las selvas de las yungas tucumanas. Nos llamaba la atención que su capacidad invasora fuera altísima en todos ellos. La ecología sugiere que a un individuo le va bien en un cierto lugar porque se adaptó genéticamente o porque es muy plástico y se ajusta a los cambios del ambiente, y eso fue lo que investigamos”, dijo Pedro Tognetti, docente del Departamento de Métodos Cuantitativos y Sistemas de Información de la FAUBA.

Para profundizar en la hipótesis de la adaptación genética, Pedro, junto con Noemí Mazía, docente de la cátedra de Dasonomía (FAUBA), y Gonzalo Ibañez, graduado como ingeniero agrónomo con este trabajo, realizaron experimentos en laboratorio usando semillas de acacia que recolectaron en Buenos Aires, Córdoba y Tucumán. “Las pusimos a germinar en cámaras, en condiciones ambientales controladas, y encontramos que las de Buenos Aires germinaban perfectamente en condiciones similares a la sequía, típicas de estos pastizales. Pero las de Córdoba y Tucumán lo hacían en un rango de condiciones hídricas más amplio, muy relacionado con la precipitación en esos sitios. Esto nos indicó que existe una adaptación a las condiciones locales de los diferentes ambientes”.

“Para estudiar si existía plasticidad, en el campo hicimos crecer juntas plantas de los tres orígenes, en lo que se llama un jardín común. Y vimos que remover la vegetación —es decir, modificar el ambiente que perciben las plántulas— afectó negativamente la supervivencia, pero mejoró el crecimiento de todas las plantas sobrevivientes; los tres orígenes se comportaron parecido. Por ejemplo, la relación entre la altura y el diámetro del tronco al nivel del suelo se redujo un 11%. Esto nos indicó claramente que estas plantas son capaces de ajustarse a los cambios del ambiente”, explicó Tognetti, quien también es investigador de Conicet.
A la luz de estos resultados, el investigador afirmó a Sobre La Tierra que las razones por las que G. triacanthos es tan exitosa como leñosa invasora de los diferentes biomas son dos: está adaptada para germinar en las condiciones típicas de cada ambiente y posee una gran capacidad de ajustarse a la variabilidad del ambiente y seguir creciendo. “En todos los experimentos, la tasa de germinación superó el 70%. La Acacia negra es, virtualmente, una máquina de germinar”.

Nuevas no tan buenas

Tognetti señaló que el ingreso de G. triacanthos al país sucedió a partir de 1800, con la colonización europea, cuando la Región Pampeana era un océano de pasto sin árboles y comenzaba a ser necesario alambrar los campos y construir cercos. “Ahora hay muchos cultivos, pero en ese momento el impacto sobre los pastizales de estos árboles tan grandes y con raíces profundas fue inmenso para el balance de carbono, la dinámica del agua y la vida de otras especies vegetales y animales, entre muchos otros procesos… Actualmente, es un problema grave para la conservación y la producción”.

“Si doscientos años parece mucho tempo, aconsejo entrar a Google Earth, seleccionar por ejemplo la localidad bonaerense de Cañuelas —en las coordenadas -35.140287, -58.842461— o también en Córdoba, Tucumán o la Mesopotamia, y compararlo con ese mismo sitio en el tiempo. Simplemente con ir 15 ó 20 años atrás se puede ver que el proceso de expansión de la Acacia negra es muy grande, tanto en los campos ganaderos como en los bordes de algunos campos agrícolas”.

Para Pedro, desde el punto de vista productivo, el problema también es notorio en extensión y en intensidad. “Productores de la zona norte de Buenos Aires contaban que las espinas de la Acacia, que son inmensas —hasta 15 cm—, le rasgan las lonas a los camiones que pasan por los caminos de tierra. Y una vez que los árboles crecen, erradicarlos tiene un costo económico inmenso por la potencia que se necesita. Incluso, también se aplican cantidades importantes de herbicidas perjudiciales para el ambiente”.
“Por suerte, en otros experimentos que realizamos con nuestro grupo vimos que es posible ‘mantener a raya’ la invasión si se detectan las plántulas cuando son pequeñas y se usa el pastoreo del ganado como herramienta de control. Las vacas se comen las plántulas de la Acacia negra cuando son pequeñas y tiernas. Mientras tanto, nosotros seguimos estudiando distintas formas de encarar soluciones a este problema”, concluyó.